Narrativa: En la espesura de la selva
Enviado el Miércoles, 03 febrero a las 17:17:33 por Redactor |
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Difícil me sería recordar con exactitud la primera vez que lo vi o el primer recuerdo que tengo de haberlo visto, aunque presumo que por entonces era yo un niño de no más de seis o siete años de edad. Pudo haber sido en un libro o una revista, o quizá en la televisión, que en aquellos tiempos era en blanco y negro y tenía una programación que comenzaba a las seis de la tarde y finalizaba a medianoche, pero lo cierto es que desde ese momento, surgió mi una gran atracción hacia la figura portentosa del León. Su cuerpo grande y musculoso, sus poderosas extremidades, la tupida melena que cubre su cabeza y el magnetismo de sus ojos, lo hacían, ante los míos, un símbolo de fortaleza, poder y temeridad que me deslumbraba. Con los años esa atracción no decayó. Muy por el contrario. Entre mis juegos preferidos se encontraba la colección de animales de plástico que con el tiempo fui agrandando. Osos negros y polares, cebras, lobos, águilas, caballos y vacas, cocodrilos, tigres, ovejas, hipopótamos, elefantes, rinocerontes, gacelas, antílopes, camellos, y por supuesto, leones. Jugaba a que era estanciero. Con palitos cortados con la precisión de un buen carpintero cercaba el campo, en el cual construía, con trozos de madera y cartón, una casa rodeada de árboles, corrales y un pozo cuyo brocal podía ser una tapa de botella de whisky, trazaba caminos para la circulación de los camiones, tractores, jeeps y camionetas que poseía en mi hacienda. También tenía, como era natural, una casa en la ciudad. La ciudad era la vereda de piedra laja que rodeaba el jardín en el cual estaba ubicada la estancia, y las uniones de cemento que servían de unión a las piedras, eran las calles que a su vez, delimitaban las manzanas de la ciudad. Y como en cualquier jardín que se precie de serlo, además de jazmines, rayitos de sol, rosales y claveles, había también yuyos. Bastaban unas cuantas matas de tupidos yuyos para tener la selva en la que colocar a los animales salvajes. Y el rey de la jungla no era otro que el León. Solía hacerle luchar contra el oso negro, el lobo, el rinoceronte y el tigre, e invariablemente el León siempre salía victorioso de la contienda. Cuando veía “Tarzán” en la tele o en las revistas de historietas, el momento más ansiado era aquel en el cual aparecía en escena el león, aunque ahí descubrí que los había buenos y malos. Algunos años más tarde, con la televisión a colores pude apreciar que el león bueno se diferenciaba del malo por la tonalidad de su pelaje: el del león malo era siempre más oscuro que el del bueno. Inversamente proporcional a mi amor hacia el león, era mi odio hacia el tigre, el cual por cierto, era tan poderoso como el león, cuando no más grande, como lamentablemente descubrí un poco más tarde. Curiosamente siempre los vi como el principal enemigo del león, cuando en realidad, la amenaza más grande del león, es ese animal que juzgaba horrible y despreciable, la hiena. Veía en el tigre a un animal malvado, oscuro, un tanto enigmático, tanto que las propias enciclopedias y libros de zoología poco contaban acerca de él. Ni siquiera me gustaba el negro de sus rayas contrastando con el amarillo del resto del pelaje. Claro que esto último se debía exclusivamente al paralelismo que establecía entre el pelaje del tigre y la camiseta de Peñarol, a la cual, a causa de mi afición por la camiseta tricolor, detestaba. Lo cierto era que en la realidad, león y tigre no tenían contacto entre sí, y lo más cerca que llegaban a estar el uno del otro, era en los zoológicos y circos. Estos últimos eran por cierto una gran atracción para mí, y cada vez que alguno arribaba a la ciudad, pedía desesperadamente a mis padres que me llevaran a una función con la más que obvia intención de ver la presentación del domador, ante la cual debo admitir, más de una vez me descubrí en un oscuro y turbio deseo de ver a uno de los felinos atacar al domador que tanto los hostigaba. Otras veces fantaseaba con la idea de que un león escapaba de su jaula, y ante el gran tumulto causado por la muchedumbre que poblaba las plateas y galerías de la gran carpa, huyendo despavoridos en busca de la salida, pisoteándose unos a otros entre los gritos y alaridos de terror provocados por la visión de la gran fiera que se aproximaba tras escapar a la cálida seguridad que para el público eran los barrotes de su jaula, surgía el salvador, el milagroso guardián de la humanidad de los presentes, y en un acto heroico y no menos suicida, se interponía entre la bestia salvaje y la gente. Me acercaba hacia el león, mirándole directamente a los ojos, sin desviar por un segundo su mirada de la mía, tratando de hacerle comprender que no sólo no le temía, sino que le amaba, que era su amigo, y que nada había que temer, que era preferible seguir aguantando la figura pesadillezca del domador y la crueldad de su látigo, que caer bajo el fuego de alguno de los policías que cumplían funciones de seguridad dentro de la gran carpa, seguro destino que llevaría mi desdichado amigo de no aceptar mi protección, mis caricias y palabras dulces. Así, lograba que el pobre animal volviese a su jaula y luego de pasada la conmoción general, la función se reestablecía, ahora con el agregado de un nuevo centro de atención: el salvador, el valiente niño de nueve años que había arriesgado su vida para salvar la vida de los demás. Nunca hubieran sospechado que lo único realmente importante para mí, era salvar al león, mi viejo amigo de mis primeros años de la infancia. Muchas veces me pregunté si lo mejor no hubiera sido dejar que cayera abatido por las balas en lugar de verlo continuar su vida encerrado entre los barrotes de una reducida jaula, dejar que recuperase su libertad, quizá ya pensando en aquel tiempo que morir era algo así como escapar de una prisión, librarse de la opresión que para él significaban el domador y los cuidadores del circo, y para mí por momentos eran mis padres, maestros y cualquier persona mayor que tuviera la costumbre de decirme que era lo mejor para mí, que cosas debía decir y cuales callar. Cuando en cambio, fantaseaba que quien huía era un tigre, mi comportamiento era completamente diferente. Ese hecho ocurría en la calle, no dentro de la carpa del circo. Por las mañana, y mientras el circo permanecía en la ciudad, me escapaba hasta la avenida que corría a dos cuadras de mi casa para ver el desfile de los animales circenses en sus respectivas jaulas. Entonces, en un momento dado un tigre escapada de su jaula causando espanto entre los sorprendidos peatones que solamente atinaban a correr. Mirando sus rostros me deba cuenta que el miedo producido por la fuga del tigre era aun mayor que la producida por la del león. Pero ahí estaba yo, otra vez el salvador, el valiente niño que arriesgaba su vida para salvar la de los demás. Pero otra vez se equivocaban en cuanto a los motivos de mi arriesgada acción. Nada me importaba la vida de las personas que huían despavoridas, salvo la de los niños más pequeños que yo. Lo único que me interesaba era terminar con la vida del malvado tigre. Cuchillo en mano iba a su encuentro, con la mirada desafiante, alerta, preparado ante el inminente ataque del tigre que abriendo sus mortales fauces rugía ferozmente. Y entre saltos y esquivadas, rodaba abrazado a su cuello, clavándole el puñal una y otra vez hasta que caía rendido. Si tenía un mal día y la pelea me era desfavorable, acudía en mi ayuda mi viejo amigo, el león, que escapando también a su jaula, saltaba sobre el desprevenido tigre y terminaba, entre zarpazos y dentelladas, con la vida de mi odiado enemigo. El tiempo siguió pasando, y al crecer, poco a poco fui dejando a un lado mis fantasías de leones y tigres. En plena adolescencia mis fantasías e incluso mis preocupaciones, como las de cualquier otro muchacho de mi edad, eran otras. Y ciertamente eran más importantes e interesantes que la familia de los grandes Félidos. Continué poblando mis mundos - el externo y el interno - con nuevos descubrimientos, hechos, pensamientos, fantasías, deseos, alegrías y tristezas, sin saber bien que sería de mí en el futuro, sin tener claro hacia donde encaminar mis pasos, sin siquiera sospechar que uno apenas puede elegir el rumbo que desea tomar, pero que nunca se sabe si la meta a alcanzar es la que se eligió, eso siempre y cuando se arribe a meta alguna. Siendo ya un joven de más de veinte años, y habiendo abandonado el hogar paterno de la misma manera en que lo hacen los leones jóvenes para procurarse su propia manada, una noche, en ocasión de asistir al cine a ver una película cuyo protagonista era un león, recordé mi antigua afición por el rey de la selva. Claro que, para ese entonces había descubierto unas cuantas cosas acerca de su organización social, la cual, de la misma forma que los hombres, se basa en familias que pueden llegar a ser muy numerosas, y que son dominadas por un macho. Básicamente este se dedica a cuidar de la manada, es un guardián celoso que protege a sus hembras y sus cachorros de cualquier amenaza, principalmente de las temibles hienas, las cuales, a diferencia de los leones, se basan en sociedades matriarcales. Las leonas cuidan de sus cachorros y se dedican a cazar. Cuando la presa, luego de mucho esfuerzo e intentos fallidos, finalmente es atrapada, llega el macho y ahuyentando a las hembras toma la parte principal del botín. ¡Hasta podían llegaban a ser simples carroñeros! Apenas advertían que otro animal, ya fuera una hiena o un guepardo, lograba cazar una presa importante, aparecía el león para arrebatarle la pieza. Pero lo peor de todo, es que pueden llegar al extremo de matar a los cachorros de su propia especie. Cuando el macho dominante es retado por un joven león por la posesión de la manada y es derrotado, este último se encarga de rastrear y asesinar a todos los cachorros jóvenes de la manada, logrando con ello que las hembras entren en período de celo y él asegure su descendencia en la manada. Esas fueron básicamente las razones que me hicieron perder esa admiración que antaño sentía por él. ¡Eso hacía el Rey de la Selva! ¡Cuán engañado estuve durante tanto tiempo! ¡Y cuánto se parecían el León y el Hombre entre si! ¿Era esa la causa por la cual al león se lo consideraba el Rey de la Selva? ¿Lo había denominado así el hombre, el macho de la especia humana, como símbolo de su propio poderío, de su propio dominio dentro de la especie? ¿O era más bien un vano intento de auto convencimiento de una superioridad que en realidad no existe ni existió, pero que le dio resultado durante tantos siglos? Como sea, miraba hacia atrás, hacia mi niñez y mi primera adolescencia y me veía muy lejano de aquello que alguna vez había creído y sentido, me encontraba en las antípodas de aquella admiración, aquella identificación que tenía con la poderosa y atrayente figura del rey de la selva, apartaba cada vez más de mí al león como ejemplo a seguir. Y cuánto más descendía mi atracción hacia la figura del León, más crecía hacia la del Tigre. Este, por el contrario, habita en lo más espeso de la selva, solitario, cazador temido e implacable, dejándose ver en contadas ocasiones. No posee manadas, por lo cual no tiene nada que defender, salvo su territorio de caza. Sólo se aproxima a las hembras en la época de reproducción. Entonces, durante algún tiempo, cazan juntos, se aparean, juegan, beben juntos a la orilla de los ríos y vuelven a aparearse. Después de eso, vuelve a alejarse. Retorna a su vida solitaria, sin más preocupación que la de cazar para sobrevivir. De tanto en tanto, sus ojos, que son como los míos, suelen ser vistos a través de la espesura de la selva.-
Aljamod Uruguay "
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